27/5/12

CERTAMEN LITERARIO DE CUENTOS CORTOS - CÓRDOBA ARGENTINA - MAYO/JULIO 2012

 


II CERTAMEN DE CUENTOS CORTOS


“DEL DE MAYO”


 


CASA DE LOS TRABAJADORES


 CORDOBA - ARGENTINA




En la última década del siglo XIX,  el capitalismo dominaba y transformaba el mundo desde el continente europeo. En la búsqueda de nuevos mercados contribuyó a la expansión de la economía y a la conquista colonial, acentuando aún más la propiedad privada, destruyendo economías y territorios comunitarios, modificando los modos de producción y creando nuevas formas de explotación.

Las luchas del movimiento obrero dejaron testimonios de las ideas de cambios revolucionarios, cuestionando las injusticias y las contradicciones del capitalismo y poniendo al hombre como protagonista en la construcción de nuevos valores. Creó también una tradición de lucha, que comenzó un primero de Mayo de l886, en la ciudad de Chicago -en los Estados Unidos de Norte América-, cuando los trabajadores organizados desarrollaron un plan de luchas por la reivindicación de las ocho horas de trabajo, cuando las jornadas de labor eran de doce a dieciséis horas. Aquella protesta popular fue reprimida y sus principales organizadores detenidos y posteriormente condenados.

El 11 de Noviembre de 1887, Adolph Fisher, Augusto Spies, Albert Parsons y George Engel fueron ahorcados.  Louis Lingg se suicidó en su celda.  Michel Schwab y Samuel Fielden fueron condenados a prisión perpetua y Oscar Neebe a quince años de prisión. 

La historia los recuerda como “Los mártires de Chicago”.

En l889 el Congreso Obrero de Paris, en homenaje a los obreros asesinados en aquella ciudad de los Estados Unidos, deja instituido el 1° de Mayo como “Día Internacional de los Trabajadores”.

En el contexto actual, a 125 años de aquellos hechos, la clase trabajadora lucha y resiste las políticas neoliberales aplicadas para dogmatizar y mistificar un pensamiento conservador, que pone al individualismo por encima de toda acción comunitaria y solidaria; donde crecen los niveles de desigualdad social, el trabajo se vuelve inestable y precario, las jornadas laborales son tan extensas como en aquel entonces y se desconocen las representaciones sindicales de los trabajadores cuando se plantean sus justas reivindicaciones.

Las luchas populares enfrentan también las consecuencias de los impactos ambientales causadas por el capitalismo, al que sólo le interesa la rentabilidad inmediata y anula todas las políticas de defensa de los patrimonios nacionales.  

 En conmemoración y homenaje a la clase trabajadora, la Casa de los Trabajadores de la ciudad de Córdoba, República Argentina convoca al: 



II Certamen de Cuentos Cortos  

“Del 1° de Mayo”



que se regirá por las siguientes



Bases:



1 - PARTICIPANTES

     Podrán concurrir todas aquellas personas mayores de 18 años, de cualquier nacionalidad y lugar de residencia.

2 – DEL CUENTO  -

     Cada participante deberá presentar UN solo trabajo, original e inédito, escrito en castellano, que no esté pendiente de fallo y no haya sido premiado en ningún otro certamen.





3 - TEMA

     Los cuentos literarios se ajustarán al título de la presente convocatoria, y tendrán relación con las luchas de trabajadores a lo largo de la historia.

4 -  PRESENTACIÓN –

      Los cuentos deberán tener una extensión mínima de DOS  y máxima de CUATRO páginas tamaño DIN-A4, mecanografiados a doble espacio, en letra Times New Roman de tamaño 12 y por una sola cara. 

      Se presentarán firmadas únicamente con seudónimo o lema.

5 – ENTREGA- 

     Las obras podrán presentarse al Certamen de las siguientes maneras:

   

     a) Entregadas personalmente o enviadas por Correo Postal, en la forma que sigue:

     En un sobre tamaño A4 o similar, en cuya portada figurará la mención



    II° Certamen de Cuentos Cortos “Del de Mayo”
    Casa de los Trabajadores
    Tucumán 367
    5000 - Córdoba 
    República Argentina



se incluirán TRES copias del cuento, con sus páginas numeradas y abrochadas o grapadas. Junto a estos ejemplares se adjuntará un sobre  más pequeño, en cuyo exterior se consignará sólo el Título del Cuento y el  Pseudónimo o Lema del Autor, y dentro del cual se anexará una hoja con el Título  del Cuento, el Pseudónimo o Lema del Autor/a, el nombre y apellido del autor/a,  domicilio, número de teléfono y dirección electrónica.

    

    b) Mediante  Correo Electrónico, a la siguiente dirección:

   


  

   y del siguiente modo:   

   En la casilla Asunto se consignará

   IIº CERTAMEN DE CUENTOS   -  “DEL 1° DE MAYO”

   En un archivo adjunto nominado “Cuento” se enviará la obra firmada  con seudónimo. Si el nombre del cuento es, por ejemplo, “Mayo”, y el pseudónimo del autor es “Juan”, el nombre de este archivo será “Mayo-Juan”.

   En otro archivo adjunto (siguiendo con los mismos ejemplos) vendrá el currículo del    autor, por lo que el archivo se nominará   “Mayo-Currículo-Juan”. Allí se consignarán los datos personales del autor: Título del Cuento, Pseudónimo utilizado, nombres y apellidos del autor/a, dirección, teléfono  y dirección de correo electrónico.

   Ambos adjuntos deberán estar incluidos necesariamente en el mismo correo electrónico.

   Recomendamos este último sistema -el envío por correo electrónico-, como una forma útil para usar menos papel, y contribuir así a la preservación del medio ambiente.

    6-  PLAZO –

    El plazo de presentación de los trabajos empieza con la publicación de la presente Convocatoria, el 1° de Mayo de 2012 y termina a las 24 horas del 31 de Julio del corriente año. Se aceptarán como válidos todos aquellos envíos postales cuyo matasellos tengan fecha igual o anterior al 31 de Julio de 2012.

7 - PREMIOS

     El premio será único y consistirá en la edición de una Antología con los diez cuentos que, a juicio del Jurado, reúnan los mayores méritos literarios.

     Sus autores serán informados en forma fehaciente y serán invitados al Acto de Premiación, en lugar y fecha a determinar en el transcurso del año 2012, en donde les serán entregados un diploma y QUINCE ejemplares de la Antología a cada uno. En caso de no residir en Córdoba o no poder asistir, los libros les serán remitidos a sus domicilios.

8 - PROPIEDAD

     La propiedad intelectual de las obras seguirá siendo de los autores, quienes podrán disponer su edición en las formas que consideren oportunas, siendo único requisito el que se haga mención del premio obtenido.

     Por su parte, la Casa de los Trabajadores de Córdoba se reserva el derecho de editarlas en futuras publicaciones sin fines comerciales.

9 - DIFUSIÓN

     Se editarán además, ejemplares que serán distribuidos sin cargo en Bibliotecas de todo el país, Universidades, Colegios, Gremios y Asociaciones de trabajadores argentinas y extranjeras.

          10 - FALLO  -

     El fallo del Jurado se hará público en el transcurso del mes de Octubre de 2012. Su dictamen será inapelable.

 11 - JURADO –

       El Jurado estará integrado por destacadas personalidades del ámbito literario cordobés, a los que se agregará un miembro directivo de la Casa de los Trabajadores. La composición del Jurado se hará pública en el acto de entrega de premios.

                  Las obras no premiadas no se devolverán y serán destruidas inmediatamente luego de producido y publicado el Fallo del Jurado.

       La participación en el concurso supone la total aceptación de estas bases y la conformidad con las decisiones del jurado.




          Casa de los Trabajadores –

Córdoba – República Argentina -

      1° de Mayo de 2012
      

25/5/12

Edgar Allan Poe


Berenice

Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,
curas meas aliquantulum fore levatas.
EBN ZAIAT


La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como
el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste, a la vez tan distintos y tan íntimamente unidos.
¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza
y la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal es consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza.
O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en este país torres más venerables que las de mi sombría
y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos sorprendentes detalles, en el carácter
de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares
de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca, y, por último, en la naturaleza
muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con esta mansión y con sus libros, de los que ya no volveré a hablar.
Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil decir que no había vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa.
¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo
de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y tristes, un recuerdo que no puedo marginar;
una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y como una sombra también por la imposibilidad
de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón.
En esa mansión nací yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones
de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos, no es extraño
que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi niñez entre libros y disipara mi juventud
en ensueños; pero sí es extraño que pasaran los años y el apogeo de la madurez me encontrara viviendo aun en la mansión
de mis antepasados; es asombrosa la parálisis que cayó sobre las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión completa en
el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades del mundo terrestre me afectaron como visiones, sólo como
visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños, por el contrario, se tornaron no en materia de mi existencia
cotidiana, sino realmente en mi cínica y total existencia.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto:
yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios
del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella,
vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras.
¡Berenice! -Invoco su nombre-, ¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas.
¡Ah, acude vívida su imagen a mí, como en sus primeros días de alegría y de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza!
¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces..., entonces todo es misterio y terror,
y una historia que no se debe contar. La enfermedad -una enfermedad mortal- cayó sobre ella como el simún, y, mientras yo
la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó, penetrando en su mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la forma
más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La fuerza destructora iba y venía, y la víctima..., ¿dónde estaba?
Yo no la conocía, o, al menos, ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por aquella primera y fatal, que desencadenó una revolución tan horrible
en el ser moral y físico de mi prima, hay que mencionar como la más angustiosa y obstinada una clase de epilepsia que
con frecuencia terminaba en catalepsia, estado muy parecido a la extinción de la vida, del cual, en la mayoría de los casos,
se despertaba de forma brusca y repentina. Mientras tanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debería darle otro
nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía con extrema rapidez, asumiendo un carácter monomaníaco de una especie nueva
y extraordinaria, que se hacía más fuerte cada hora que pasaba y, por fin, tuvo sobre mí un incomprensible ascendiente.
Esta monomanía, si así tengo que llamarla, consistía en una morbosa irritabilidad de esas propiedades de la mente que la ciencia
psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no me explique; pero temo, en realidad, que no haya forma
posible de trasmitir a la inteligencia del lector corriente una idea de esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no hablar en términos técnicos) actuaban y se concentraban en la contemplación de los objetos
más comunes del universo.
Reflexionar largas, infatigables horas con la atención fija en alguna nota trivial, en los márgenes de un libro o en su tipografía;
estar absorto durante buena parte de un día de verano en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre
la puerta; perderme toda una noche observando la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros
con el perfume de una flor; repetir monótonamente una palabra común hasta que el sonido, gracias a la continua repetición,
dejaba de suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del movimiento o de la existencia física, mediante una absoluta
y obstinada quietud del cuerpo, mucho tiempo mantenida: éstas eran algunas de las extravagancias más comunes y menos
perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, en realidad no único, pero capaz de desafiar cualquier tipo
de análisis o explicación.
Pero no se me entienda mal. La excesiva, intensa y morbosa atención, excitada así por objetos triviales en sí, no tiene que
confundirse con la tendencia a la meditación, común en todos los hombres, y a la que se entregan de forma particular las personas
de una imaginación inquieta. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, una situación grave ni la exageración de esa
tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado por un objeto
normalmente no trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de deducciones y sugerencias que surgen de él, hasta que,
al final de una ensoñación llena muchas veces de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece
completamente y queda olvidado. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque adquiría, mediante mi visión
perturbada, una importancia refleja e irreal. Pocas deducciones, si había alguna, surgían, y esas pocas volvían pertinazmente
al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran agradables, y al final de la ensoñación, la primera causa, lejos
de perderse de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo primordial de la enfermedad. En una palabra, las facultades que más ejercía la mente en mi caso eran, como ya he dicho, las de la atención;
mientras que en el caso del soñador son las de la especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían realmente para aumentar el trastorno, compartían en gran medida, como se verá, por
su carácter imaginativo e inconexo, las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado
del noble italiano Coelius Secundus Curio, De amplitudine beati regni Dei [La grandeza del reino santo de Dios]; la gran obra de
San Agustín, De civitate Dei [La ciudad de Dios], y la de Tertuliano, De carne Christi [La carne de Cristo], cuya sentencia paradójica: Mortuus est Dei filius: credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit: certum est quia impossibile est, ocupó durante muchas
semanas de inútil y laboriosa investigación todo mi tiempo.
Así se verá que, arrancada, de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón se parecía a ese peñasco marino del que nos habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador desapercibido pudiera parecer fuera de toda duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desgraciada enfermedad me habría proporcionado muchos temas para el ejercicio de esa meditación intensa y anormal, cuya naturaleza me ha costado bastante explicar, sin embargo no era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba lástima, y, profundamente conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos mecanismos por los que había llegado a producirse una revolución tan repentina y extraña. Pero estas reflexiones no compartían la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran como las que se hubieran presentado, en circunstancias semejantes, al común de los mortales. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se recreaba en los cambios de menor importancia, pero más llamativos, producidos en la constitución física de Berenice, en la extraña y espantosa deformación de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, mis sentimientos nunca venían del corazón, y mis pasiones siempre venían de la mente. En los brumosos amaneceres, en las sombras entrelazadas del bosque al mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche ella había flotado ante mis ojos, y yo la había visto, no como la Berenice viva y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, sino como su abstracción; no como algo para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como tema de la más abstrusa aunque inconexa especulación. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado mucho tiempo, y que, en un momento aciago, le hablé de matrimonio.
Y cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, una tarde de invierno, en uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y brumosos, que constituyen la nodriza de la bella Alcíone estaba yo sentado (y creía encontrarme solo) en el gabinete interior de la biblioteca y, al levantar los ojos, vi a Berenice ante mí.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la incierta luz crepuscular del aposento, los vestidos grises que envolvían su figura los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo hubiera podido pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado cruzó mi cuerpo; me oprimió una sensación de insufrible ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma, y, reclinándome en la silla, me quedé un rato sin aliento, inmóvil, con mis ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser anterior se mostraba en una sola línea del contorno. Mi ardiente mirada cayó por fin sobre su rostro.
La frente era alta, muy pálida, y extrañamente serena; lo que en un tiempo fuera cabello negro azabache caía parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas con innumerables rizos de un color rubio reluciente, que contrastaban discordantes, por su matiz fantástico, con la melancolía de su rostro. Sus ojos no tenían brillo y parecían sin pupilas; y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar sus labios, finos y contraídos. Se entreabrieron; y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que, después de verlos, hubiera muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al levantar la vista, descubrí que mi prima había salido del aposento. Pero de los desordenados aposentos de mi cerebro, ¡ay!, no había salido ni se podía apartar el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni una mota en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una mella en sus bordes había en los dientes de esa sonrisa fugaz que no se grabara en mi memoria. Ahora los veía con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí, y en todas partes, visibles y palpables ante mí, largos, finos y excesivamente blancos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el mismo instante en que habían empezado a crecer. Entonces llegó toda la furia de mi monomanía, y yo luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los muchos objetos del mundo externo sólo pensaba en los dientes. Los anhelaba con un deseo frenético. Todos las demás preocupaciones y los demás intereses quedaron supeditados a esa contemplación. Ellos, ellos eran los únicos que estaban presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los examiné bajo todos los aspectos. Los vi desde todas las perspectivas. Analicé sus características. Estudié sus peculiaridades. Me fijé en su conformación. Pensé en los cambios de su naturaleza. Me estremecí al atribuirles, en la imaginación, un poder sensible y consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. De mademoiselle Sallé se ha dicho con razón que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía seriamente que toutes ses dents étaient des ídées. Des idées! ¡Ah, este absurdo pensamiento me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso los codiciaba tan desesperadamente! Sentí que sólo su posesión me podría devolver la paz, devolviéndome la razón.
Y la tarde cayó sobre mí; y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon alrededor, y yo seguía inmóvil, sentado, en aquella habitación solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible dominio, como si, con una claridad viva y horrible, flotara entre las cambiantes luces y sombras de la habitación. Al fin irrumpió en mis sueños un grito de horror y consternación; y después, tras una pausa, el ruido de voces preocupadas, mezcladas con apagados gemidos de dolor y de pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo las puertas de la biblioteca, vi en la antesala a una criada, deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, ya estaba preparada la tumba para recibir a su ocupante, y terminados los preparativos del entierro.
Me encontré sentado en la biblioteca, y de nuevo solo. Parecía que había despertado de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero no tenía una idea exacta, o por los menos definida, de ese melancólico período intermedio. Sin embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba lleno de horror, horror más horrible por ser vago, terror más terrible por ser ambiguo. Era una página espantosa en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos siniestros, horrorosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero fue en vano; mientras tanto, como el espíritu de un sonido lejano, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. Pero, ¿qué era? Me hice la pregunta en voz alta y los susurrantes ecos de la habitación me contestaron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, brillaba una lámpara y cerca de ella había una pequeña caja. No tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes, pues pertenecía al médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa y por qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena tener en cuenta estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de un libro y sobre una frase subrayada. Eran las extrañas pero sencillas palabras del poeta Ebn Zaiat: "Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas". ¿Por qué, al leerlas, se me pusieron los pelos de punta y se me heló la sangre en las venas?
Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como habitante de una tumba, un criado entró de puntillas. Había en sus ojos un espantoso terror y me habló con una voz quebrada, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases entrecortadas. Hablaba de un grito salvaje que había turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre reunida para averiguar de dónde procedía, y su voz recobró un tono espeluznante, claro, cuando me habló, susurrando, de una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía!
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre. No contesté nada; me tomó suavemente la mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había en la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no pude abrirla, y por mi temblor se me escapó de las manos, y se cayó al suelo, y se rompió en pedazos; y entre éstos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el suelo.



¿Deseas que te amen?

¿Deseas que te amen? No pierdas, pues,
el rumbo de tu corazón.
Sólo aquello que eres has de ser
y aquello que no eres, no.
Así, en el mundo, tu modo sutil,
tu gracia, tu bellísimo ser,
serán objeto de elogio sin fin
y el amor... un sencillo deber.


Versión de Andrés Ehrenhaus

20/5/12

Gustavo Bustillo - poeta -

Ayer vi otra vez al poeta Gustavo Bustillo, ahi parado, frente a nosotros, sonriendo, con su pelo canoso recogido en una coleta, parecía un pirata que nos señala una nave rebosante de recuerdos. Al abordaje!!! decían sus manos increíbles, mientras su boca nos recitaba poemas que se nos clavaban en el alma. Alfanje de pirata su palabra, y su sonrisa que nos rescata del naufragio

CANTATA EN SOL

a R.S.B y los 30001 (con Julio López)
A veces busco un patio, donde olvidar el olvido
A los murciélagos...y a esos espesos paredones
de su miedo

Si digo libertad a voces busco un patio
Un territorio cielo sin portones
Atornillados en el dolor del viento...

Digo un parral de soles y alamedas
Una estación de pájaros y estrellas
Y un pan sin coágulos de pueblo

Pero si es noche que argamasa al cielo
Tiempo desilusión y bóveda y ausencia
Yo busco y escarbo y hallo muertos

Patio y talles de luz que siguen siendo
Barro y placenta hacia las ganas
Tan poquitito tan dedos apretados

...Tan tan corazoncito apuñando los despueses
Y es carozón rasgado grito-guitarra que enumera
Hombres sin nombres ...en un viento
Incesante que los nombra:
Ene ene ene ene ene
Ene ene en un eco que golpéa
En enésima voz al horizonte...

Y es tan tambor y son retumbo tan
Tan re percusiones de tumbas tumbadoras
En todo el edificio ...hasta los huesos

Un patio ...un patio donde el viento
Siembra en canto de brazos a’puñados
Que emergen de la tierra y son espigas

Flautas de Pan y Son al viento
Canto filoso y cuadro trágico
De un mágico paisaje

Avenidas del aire y canto llano
Marinando en las diástoles del viento
A veces brisa a voz es trueno

A voz tan ‘Trilce’ y rabia
común hambre de entre dientes
...en vós es luz de estrella
y restalla cuando entona:
‘Si te cansás de ser el yunque
Habrás de ser martillo...en el cincel
Viento de luz desarenando
La piedra de este tiempo’

Gustavo Bustillo


Gustavo Bustillo es  poeta, locutor, narrador oral, animador socio cultural, Lic. en Letras Modernas (UNC) , Lic. en Lengua Quichua, estudió canto, realizó Talleres de Teatro con Jorge Villegas, de narración oral con el cubano Alejandro Céspedes y Teatro de Mimo con Jorge Mansilla. Es libretista y director de espectáculos multidisciplinarios y puestas teatrales. Impulsa y coordina el Proyecto cultural “El juntadero” que realiza muchas otras actividades como Talleres de Desarrollo artístico: Taller Integral “Juglares populares” Taller de Canto con Lucas Heredia y Coro (y taller coral) con el Maestro Sebastián Tello.
Las Cuentaderas – Reunión literaria de los miércoles con publicación de plaquetas y edición de antología anual. El miradero, debate con cine todos los lunes. Y los viernes “La juntadera”, peña cultural. Ha participado en numerosas antologías del quehacer literario cordobés y ha publicado Con-vocación, poemario Premio Fondo estímulo Municipalidad de Córdoba. Fue miembro organizador de la 1º Feria del Libro Córdoba.


Algunas actividades del Juntadero en los últimos tiempos:

http://www.apm.gov.ar/content/jueves-15-de-septiembre-se-presenta-%E2%80%9Cel-juntadero%E2%80%9D-en-el-archivo-provincial-de-la-memoria

http://libroson.blogspot.com.ar/2010/09/el-juntadero-invita.html

CHARLA: POESÍA Y MEMORIA por MARÍA TERESA ANDRUETTO

LEEN: Leticia RESSIA, Gustavo BUSTILLO y María T. ANDRUETTO
19 de MAYO / 18 hs. / Entrada libre y gratuita / Espacio para la Memoria "La Perla"

Invitamos al segundo encuentro del Ciclo HABITAR EL GRITO, un espacio de diálogo con diferentes poetas para abordar la Memoria desde nuevas voces y lenguajes. Un camino donde el arte se vuelve posibilidad cierta de habitar la memoria, ejercicio para forjar nuestro futuro.
Este Ciclo de charlas y lecturas de poesía es una iniciativa del Grupo Pan Comido junto con el Espacio para la Memoria y la Promoción de Derechos Humanos Ex CCDTyE “La Perla”, el Programa Derecho a la Cultura de la UNC y Deodoro, Gaceta de crítica y cultura.

Espacio para la Memoria y la Promoción de los Derechos Humanos “La Perla”.
Ruta 20- Km 15. TE. 0351 4983256. Mail:espacio.laperla@gmail.com