31/3/14

Falleció el poeta Tristán Argañaraz

"...lleva el cuerpo labrados los idiomas
que hablaron otros cuerpos sobre la piel,
pulsándome el instinto, rescatando el impulso,
lo sabio de la carne, lo eterno del instante,
como un mapa de rutas para volver.
Pero nadie hay que espere.Sigo adelante,
debo encontrarme con quien
no sabe que me espera,
y estoy llegando
tal vez..."
Tristan Argañaraz.

Lamentamos comunicar que hoy ha fallecido el compañero Tristán Argañaraz.
El velorio será en casa de los trabajadores Tucumán 367 después de la media noche.
Nuestra solidaridad y cariño para su familia.

Familiares Córdoba




25/3/14

Fotos de la semana de La Memoria, La Verdad y La Justicia

LA PAZ NO SE RECLAMA POR UN AUTOPARLANTE,
se siembra en los hermanos, se la construye a golpes,
porque nosotros vamos haciendo realidades
y nada es absoluto en ese movimiento

Pusimos la sonrisa sobre los esqueletos;
el amor nos espera entre los arsenales;
el amigo nos da un abrazo de pólvora
y el hijo …ya lo sabe, el está preparado.

Aquí no hay más verdad que la lucha del pueblo.
Los pretendidos sabios “pacifistas” no logran
sino el anonimato, mientras el tiempo pasa
y se quedan al margen, que también es violencia.

Todo está por hacerse, por las manos de Todos;
lo demás es fracaso que acumula su historia,
lo demás es miseria reaccionaria y mortal,
lo demás nos obliga a vivir combatiendo.

NO ES TRISTEZA, IMPOSIBLE DE ENVOLVERTE Y SEGUIR,
Paso a paso, tus horas, cuerpo a cuerpo, saberte…
y tampoco es distancia; es más allá con vos,
llevarte a mis silencios a contemplar lo eterno.

Me iré por cualquier parte, con el convencimiento
de encontrar un hermano, un barrio, un paredón
donde gritar ¡no es cierto!... no sé quién va a esperarme…
Me iré por cualquier parte y será igual que el mundo.

Ya sé que en las veredas que nos atestiguaron
falta mi brazo, es cierto; pero no exactamente;
no sólo te sostuvo como un tronco de sangre,
te dio la fortaleza del amor más sencillo.

Ahora estoy presente, nunca te olvides esto;
ahora es todo el tiempo para mí, para siempre,
no es tristeza y tampoco es distancia sin alas,
es un beso sereno de la muerte y la vida.

*Daniel Omar Favero
Estudiantes de Letras - Militante político peronista y Poeta platense.
1957-1977 (secuestrado y desaparecido por la dictadura militar).


Foto: archivos de la Nación


                                     24 de marzo de 2014

Foto: Francisco Lozano



Taty Almeida 


Fotos: La Cámpora


Inauguración de la Casa de la Identidad- Abuelas de Plaza de Mayo
Mónica Hasenberg - fotógrafa



24/3/14

24 de marzo: Burnichon muere y nace para siempre

Poema que Manuel J. Castilla escribió tras el asesinato de Alberto Burnichon, editor
Vengan, arrimensé, vean lo que han hecho.
Antes que se lo lleven mirenló de perfil en este charco.
Ya le va ahogando el agua poco a poco el cabello
y la alta frente noble.
Los pastos pequeños afloran entre el agua sangrienta
y le tocan el rostro levemente.
Su corazón sin nadie está aguachento con una bala adentro.
¿Miraron ya?
¿Era de mañana, de tarde, de noche que ustedes lo mataron?
¿Se acuerdan cuándo era?
(Los alquilones sólo miran la hora del dinero.)
No, no se vayan, oigan esto:
El hombre que ustedes han matado amaba la poesía.
Cuando ustedes aún no habían nacido
los pies de ese señor iban por todos los pueblos de Argentina
dejando en cada uno la voz de los poetas.
Esos versos llevaban
sus ganas de justicia y de mostrar belleza.
Ustedes han cobrado dinero por matarlo
y él jamás cobró nada porque ustedes aprendieran a leer.
Fíjense:
hacía libros de poemas que regalaba a los obreros.
Tenía como ustedes, hijos, mujer y un techo
que también le han derrumbado
y libros de aprender a ser gente.
Todo eso han destruido, ¿se dan cuenta?
¿Y ahora?
Ustedes, pobres matadores,
perdonados por él, ya reposados
piensan conmigo: ¿Qué haremos con el muerto?
Yo lo recobro ahora, húmedo en yuyarales.
Mi mano le despeina como a un nido dormido.
Miro su portafolios abierto en donde caben todas las sorpresas del mundo,
fotos de sus amigos pintores y escultores
saliendo entre las pruebas de algún libro de versos.
Lo miro apareciendo en cualquier parte en cuanto lo han nombrado.
Se iba quedando siempre que se iba.
Por eso estaba con nosotros, ausente.
Nos quería en silencio.
A Wernicke, a Galán, a Lino Spilimbergo y a Alonso.
Luis Víctor Outes, Bustos,
le arrodillaban el corazón
cuando Rolando Valladares triste, andaba en las vidalas.
Se echaba en la amistad como un vino en las copas
y había que beberlo
hasta la última luz del alba y la alegría.
Va cielo arriba, en Córdoba, solito.
Nosotros, aquí en Salta, lo pensamos.
Y ahora, matadores alquilados:
¿qué hacemos con el muerto?
MANUEL J. CASTILLA
Salta, 16 de abril de 1976

Telam: Burnichon (1918-1976) fue detenido el mismo día del golpe y asesinado en forma brutal, ¿a qué adjudica usted ese ensañamiento?
Parfeniuk: A que necesitaban dar un aviso elocuente de lo que se venía. No hay duda de que sus captores lo consideraban muy peligroso, sabiendo que su "red" operativa eran las librerías, galerías de arte y casas de escritores, plásticos y músicos de casi todas las provincias. Eligieron bien a la hora de dar un mensaje a quienes tenían que irse del país.

T: Al momento de allanar su casa, se lo llevan junto a su esposa, la educadora María Saleme, y varios hijos, uno de los cuales habría estado detenido en un campo clandestino de Córdoba… 
P: Fue detenido e interrogado junto a su hijo David de 17 años, en La Ribera y La Perla durante alrededor de 24 horas, luego los separaron. Al hijo lo abandonaron camino a Alta Gracia y a Burnichon lo ejecutaron con 7 disparos en la garganta.

Por su hija Soledad, que está siguiendo el tema en la Justicia, se sabe que los secuestradores fueron soldados del Tercer Cuerpo de uniforme, y que la causa "Burnichon -secuestro, asesinato y atentado con explosivos-" fue presentada ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos por fuera de la causa de La Perla, como es el caso de varios que aún están en proceso de presentación.

T: ¿Cree que el caso "Burnichon" ha estado sumido en cierto olvido, sin la atención y la difusión suficiente? 
P: Por supuesto. En el libro hay información y reflexiones de diferentes escritores, plásticos y editores que dan cuenta de lo injusto de ese olvido, especialmente en momentos en que a nivel de país estamos tratando de hacer justicia.

T: Gente que lo conoció, enfatiza su condición de humanista y de caminante, ¿qué palabras utilizaría usted para dar el perfil de un hombre entregado a la cultura y a lo fraterno?
P: En un poema, y al pensar en por qué lo mataron lo retrato como "un tipo peligroso: de libros llevar". Y coincido con su mujer, María Saleme: quien lo definió como "un buceador" de la vida y la cultura; "alguien que se daba siempre, sin esperar  el vuelto".

Era un hombre ético. En un poema escrito a modo de homenaje, su amigo, el poeta Manuel J. Castilla, lo recuerda como el hombre que iba por todos los pueblos de Argentina dejando la voz de los poetas; versos que llevaban sus "ganas de hacer justicia y de mostrar belleza".

T: Usted también habla de él como "editor-chasqui y golondrina", ¿fue importante su labor por difundir a los autores del "interior?
P: Como vendedor itinerante de libros comerciales, enciclopedias, etcétera, Burnichon recorría todas las provincias. Con las ganancias publicaba en distintas provincias pequeños libros o plaquetas con textos y dibujos de artistas que, siendo del lugar -según su gusto infalible y anticipador- merecían trascender. Priorizaba a quienes nunca habían publicado.

Su tarea es clave para entender cómo funcionaba una parte importante de nuestra cultura y de nuestro sistema literario nacional, que en la época en que él actuaba era muy diferente a hoy. Fuera de Buenos Aires y algo en Rosario y Córdoba, en el resto del país no había industria editorial.

Entre los muchos  nombres editados por el sello "Burnichon" a partir de 1957 figuran los escritores Daniel Moyano, Juan José Hernández, Luis Luchi, Manuel J. Castilla, Juan Gelman, Enrique Wernique, Jacobo Regen, Armando Tejada Gómez; y  los pintores y dibujantes: Crist, Carlos Alonso, Roberto Fontanarrosa, Hermenegildo Sabat y Scafatti.

T: Su trabajo editorial arrancó en 1957 con "Exhortaciones", un  libro de Ezequiel Martinez Estrada…
P: Sí, y libros de Manuel J. Castilla y de Juan J. Hernández. Lo de Martínez Estrada no es casual, Burnichon era su amigo y lo admiraba. Si uno recuerda lo que dice Martínez Estrada en "Exhortaciones" ve que ahí está en gran medida el ideario de Burnichon: sobre todo con respecto a qué es enseñar y aprender, qué es justicia, qué significa ética.

La noche del 22 de marzo de 1976, Alberto llegó a nuestra casa, como muchas noches, como muchos días. Mi padre lo invita a pasar, Alberto solo comenta “Luis, me vine a despedir, me han amenazado” mi padre, le pide que se vaya del país, que por la mañana se organizan y lo sacan del país; Alberto pone de manifiesto que no se va, que se queda. Saluda a mi madre, me saluda a mi y a mi hermano, saluda a mi padre y se va.


  Burnichón.

Me hace mierda esta fecha


14/3/14

La infancia y el río. Los ahogados

En mi infancia íbamos a un club raro. Se llamaba Ausonia y quedaba en las barrancas de San Isidro, entre el río y una vía muerta donde crecían campanillas violetas. Ausonia no era como otros clubes que yo conocía. Ni como Comunicaciones, ni como el Centro Lucense. Nosotros no teníamos ni pileta de natación, ni bailes de carnaval, ni fútbol ni patín. Había una cancha de básquet tan rota que en las grietas del piso crecían la maleza  y unas plantas de flores amarillas. No nos importaba. En esos arcos altísimos tirábamos jugando al 21, un juego cuyas reglas, por supuesto, he olvidado. Había un alero que daba sombra y donde a veces los socios colgaban banderines y organizaban bailes. Recuerdo la música, pero no recuerdo de donde salía. Supongo que de un winco conectado a dos parlantes enormes y con estática, porque la voz de Palito Ortega parecía venir desde muy lejos. Había sombrillas verdes que tenían escrito “Canada Dry” en un color que había sido amarillo pero que el sol había desvaído. Había sillas y mesas de lata, también verdes,  con la pintura descascarada y las patas  oxidadas. Había un metegol enorme manchado de óxido, y aunque las camisetas de los jugadores estaban un poco despintadas, todavía se distinguían gallinas de bosteros. Ahí aprendí que no vale molinete pero que gol de arco vale doble. Había una escalera de material que subía a los vestuarios. Ninguna Comisión Directiva había considerado necesario pintar las paredes. Los bancos eran largos y de madera, el olor a humedad y a meo, eternos. Había una cancha de bochas. Había el sonido leve que hacían al deslizarse, buscándose. Y el estallido seco del golpe al bochín. Una canción muda: fssss. Toc. Fssss, Toc. Hubo la huella de la zapatilla de mi viejo sobre la arena aplanada.  La fugacidad de su brazo levantado, arrojando la bocha oscura. Yo podía imaginar su sonrisa aunque él estuviera de espaldas, concentrado en la delicada tarea de medir las distancias entre las bochas. Ffsss. Toc. El desliz, la explosión.
Había en Ausonia un murallón de piedra gastada que daba al río. Los días de crecida nos sentábamos  con los chicos a remojar las patas cansadas de jugar y a escuchar el ruido de las olas golpeando en la pared. Nos entreteníamos contando historias de miedo y de ahogados.
Si el calor apretaba, nos tirábamos al agua marrón. Con un poco de asco nos tirábamos, porque estaba tibia como un caldo oscuro. Buscábamos hacer pie en la frescura consoladora del fondo barroso. Jugábamos a salpicarnos. Supongo que gritábamos, riendo, pero en mi recuerdo el agua iridiscente ahoga todo ruido. Me veo, nos veo, con el lomo oscuro y reluciente, como si fuéramos lagartos.
Cuando el río bajaba la playa se abría como una pampa.  El agua, en su retirada, descubría botellas, monedas, fragmentos de objetos que brillaban al sol. Íbamos despacito, cegados por la luz, buscando tesoros (todavía guardo en una caja un anillo herrumbrado que encontré debajo de una botella de cerveza. Las iniciales, casi ilegibles, son ES. ¿Elvira? ¿Eduardo? Cada vez que lo miro, me pregunto qué historia lo separó de su dedo, qué dolor lo arrojó al río). En la arena marrón dormían como animales los camalotes que antes la corriente había arrastrado.
Como en un dibujo chino, los juncos le pintaban un contorno al aire. Se erguían, casi negros, en la quietud del barro. A veces --dos, tres veces en tantos años de Ausonia-- adivinamos entre las ramas la delicada forma de un ahogado. Un pie, una cabellera, un vientre alzado como una barcaza. Algunos se atrevían a acercarse. Yo no. Nunca pude. Los ahogados me parecían hermosos, y eso me daba miedo. Sin embargo,  me gustaba escuchar lo que contaban quienes los habían visto: hablaban de un resplandor azul de la piel, de la nariz comida por los peces.
En invierno el club no era el mismo. A nadie le parecía necesario invertir en su cuidado, y los pastos andaban crecidos, igual que el río, que golpeaba con fuerza el murallón. No íbamos muy seguido, tampoco las otras familias que eran el elenco estable del verano. Mi papá jugaba un poco a las bochas, el asado no tenía el mismo gusto, y la tarde se arrastraba con sordina. Yo me encerraba en el auto a leer, y a mirar un sauce que parecía estar acariciando la tierra.
Ausonia ya no existe, por aquí pasa el Tren de la Costa. Nunca quise volver para ver qué hay. No quiero saber con qué reemplazaron ese mundo que empezaba cuando Libertador baja hacia el río y terminaba más allá del murallón, en los juncos donde aparecían los ahogados. Me gusta cerrar los ojos para recordar lo que aún permanece en mi memoria, que no es mucho: lo que acabo de contar, una hamaca que sube al cielo y en el envión hace volar mi pollerita roja, la luz de las luciérnagas cuando cae la noche. Y una lista de nombres que ya no tienen rostro: Irma, Palmira, Nelly, Federico, Mari, Andrea, Mingo mi padrino y Miguel, mi viejo.  A veces nos sentamos a evocarlos con mi madre.
Estamos seguras de los que murieron. A otros los suponemos muertos; pasó tanto tiempo que no creemos que puedan seguir viviendo. Decimos los nombres y tratamos de armarlos como si fueran un rompecabezas roto. Siempre nos falta una pieza, un dato, un color, una palabra. Por algún lugar, parece, no cesa de filtrarse el olvido. Como dos lagartijas aún jóvenes, mi vieja y yo nos sentamos en un murallón que ya no existe para nombrar a los muertos. Hablamos de mi cuando era chiquita, de ella cuando era joven. Hablamos y hablamos de nosotras como si ya hubiéramos muerto. Yo cierro los ojos y en mi memoria veo el cartel que alguien había pintado, a la entrada del club. Ausonia, dice. La U está un poco torcida, como si fuera una bahía, como si la hubiera alcanzado el oleaje empujándola hacia adentro, como si en su hondonada estuvieran pudriéndose al sol los cuerpos de todos nosotros, los ahogados. 








A ellos, que se desvanecieron pero están

Los desaparecidos

De repente, por esos días, comenzaron
a desaparecer personas, extrañamente.
se desaparecía. Se desaparecía mucho
por esos días.

Uno iba a tomar una flor ofrecida
y se desvanecía.
Se eclipsaba la gente entre un domicilio y otro
o en el taxi que se iba.
Culpable o no, se esfumaba
al regresar de la oficina o de la orgía.
Madres agarrando sus hijos y sus compras,
gestantes con "tricots" y grupos de estudiantes
desaparecían.
Desaparecían amantes en pleno beso
y médicos en medio de una cirugía.
Algunos mecánicos se diluían
-apenas conectaban el torno del día.
Se desaparecía. Se desaparecía mucho
por esos días.

Se desaparecía, a ojos vistas,
y no era miopía. Se desaparecía
incluso a primera vista. Bastaba
que alguien viese un desaparecido
y el desaparecido desaparecía.
Desaparecía el más conspicuo
y el más oscuro se diluía.
Incluso diputados y presidentes se desvanecíam.
Sacerdotes, igualmente, levitando
iban, enrarecidos, a constatar en el más allá
cómo los pecadores partían.
Se desaparecía. Se desaparecía mucho
por esos días.
Los actores en el palco
entre un gesto y otro, y los de la platea
mientras reían.
No, no era fácil
ser poeta en esos días.
Porque los poetas, sobre todo,
-desaparecían.



Affonso Romano de Sant'Anna


Brasil







8/3/14

La donna

Y cuando termine el espectáculo
Quiero volver al vientre de mi vieja.
Eso sería justo, poner en la balanza la vida y la muerte
Como los pesos que ir equilibrando
Y al centro, ajena a la felicidad o la desdicha, 
La colcha amable de nuestra madre gestándonos.
Volver de nuevo a esa cárcel de mar,
A ese hondo lago de paz
Donde no tuve hambre, ni frío, ni calor.
Donde no fui ni hombre ni mujer,
Sino un capullo de sangre que se abría
A la vida con la certeza de los ciclos de la tierra.
Volver a ese sitio donde no conocía
Los reveses y trascartones de los hombres.
Ni la amargura del amor.
Ni la fiebre del deseo.
Donde todo transcurría levitando.
Sin pensamiento, sin miedo a nada.
Allí fui feliz, estoy segura,
Todo era comunicación: las células,
El alimento, los espacios, los huesos,
Los pulmones iniciando su palpitación de espuma,
El corazón latiendo ajeno a los vaivenes de la economía,
Del desengaño, del desamor.
Allí no sabía de la muerte, en el vientre de mi vieja
Era una especie más sobre la tierra,
Otra especie que no sabía que algún día iba a morir.
Allí estaba exenta del pecado original,
Y de las nomenclaturas y adjetivos,
Allí estábamos ella y yo, ella como una pagoda roja
Donde aguardar la primer bocanada de aire,
Como un vértigo, como un mareo ciego donde morir un poco.
Ahí era parte de la tierra, era hija de la hembra,
Era órgano y era yo misma,
La versión más honrada de todo lo que pude decir, mostrar,
Pretender de mi misma,
Fue ese animal sin alma que durante nueve meses
Se suspendió en la sangre como un puñado de pájaros
Que espera lanzarse al vacío.
Allí no existía el lenguaje con sus trampas y exaltaciones,
era unión pura, sencilla y inviolable.
Allí fuimos lo que debíamos ser y para lo que estuvimos hechas
en ese momento.
Madre e hija y nada más.
Después vinieron los perdones, las culpas
y todos los atajos que nos tomamos en esta vida perra.
Estas semanas de desasosiego, este desencuentro en el espejo,
Esta traición que me hago día a día,
Me hacen cantarle a la nostalgia.
Lo dijo Juan Falú: canto para la nostalgia.
La nostalgia de ser hija de alguien tan sólo
Por permanecer dormida en el lejano claustro de su vientre.


Camila Sosa Villada



Camila Sosa Villada 


                                                Su mamá

5/3/14

La abuela Sonia busca a su nieto

“Que mi nieto sepa que siempre lo estoy esperando”

Nota de Marta Platía
Es el primer caso por robo de bebés que se juzga en Córdoba. A Silvina Parodi la secuestraron a los 20 años y con seis meses y medio de embarazo. Este caso se trató en la reapertura del megajuicio por los crímenes de La Perla.

“Sí, yo vi a Silvina Parodi de Orozco y a su bebé. Cuando los atendí la criatura tendría entre una o dos semanas. Estaba en perfecto estado de salud. Y hasta le enseñé a la madre a darle el pecho. Los vi en la cárcel del Buen Pastor, creo que era invierno, en 1976. Después vi y visité varias veces al bebé, ya solo, sin la madre, en la Casa Cuna.” El testimonio del pediatra Fernando Agrelo fue contundente y acreditó ante el Tribunal Federal N 1 que el bebé de Silvina Parodi, la hija de Sonia Torres, la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba, “efectivamente nació” y que fue separado de su mamá. Ambos continúan desaparecidos, así como el marido de Silvina y padre del bebé, Daniel Orozco. El doctor Agrelo es la primera persona que afirma bajo juramento haber visto y atendido a la joven mamá de 20 años y a su hijo nacido en cautiverio antes de que a ambos fueran desaparecidos. El robo del bebé de Silvina Parodi es el primer caso por sustracción de menores que se juzga en Córdoba.
La reapertura de las sesiones del megajuicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el campo de concentración en La Perla, la D2 y el Campo de la Ribera estuvieron signadas por el caso de Silvina, Daniel y el nieto que la Abuela Sonia Torres busca desde hace más de 37 años.
Silvina Mónica, de 20, y su esposo Daniel Orozco, de 22, eran estudiantes de Economía en la Universidad Nacional de Córdoba. Fueron secuestrados el 26 de marzo de 1976 por una patota integrada por unos “ocho o nueve hombres armados”, y llevados a La Perla. Una compañera de Silvina, cuando ya no pudo resistir las sesiones de tortura a las que fue sometida, condujo a los represores a la humilde casa en la que la pareja vivía en barrio Alta Córdoba. La mujer, una de las pocas sobrevivientes de ese campo de concentración, ya contó en juicio los pormenores del secuestro.
En realidad, Silvina había sido delatada mucho antes. Quien entregó su nombre al entonces jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, fue el director del colegio secundario al que asistió, el Manuel Belgrano, y en el que militó por el boleto estudiantil. Este hombre se llamaba Tránsito Rigatuso y fue quien confeccionó una lista de 19 alumnos, 11 de los cuales la dictadura militar secuestró y desapareció en lo que se conoce como “La noche de los lápices” de Córdoba. Este personaje siniestro cometió incluso el desatino de llevar a juicio a la mamá de Silvina, acusándola de “calumnias e injurias”, ya que Torres le había señalado como delator en una entrevista en La Voz del Interior. Fue la primera vez que una abuela de Plaza de Mayo fue sentada en el banquillo de los acusados.
Pero la jugada por limpiar su supuesto buen nombre se le volvió en contra: el juez Rubens Druetta, que presidió el absurdo juicio en agosto de 2002, llegó a la conclusión de que efectivamente Rigatuso había entregado a los estudiantes a los verdugos del Terrorismo de Estado y absolvió a Torres. Quien desenmascaró a Rigatuso ante la Justicia fue nada menos que el segundo de Menéndez, el ex coronel César Anadón, quien declaró que fue el entonces director del colegio quien le dio la lista al ex jefe del Tercer Cuerpo. Anadón terminaría suicidándose dos años después: se pegó un tiro en la cabeza durante su prisión domiciliaria.
Hace unos días, Giselle Parodi, la hermana de Silvina Parodi de Orozco, declaró por primera vez en este juicio. Conmocionada pero firme, Giselle recordó que tenía “sólo 16 años” cuando la vida de su familia cambió definitivamente. “La primera vez que entraron a nuestra historia fue en julio del 1975. Era invierno. Un grupo de hombres armados se metieron a nuestra casa en el barrio de Paso de los Andes, y nos encañonaron a mí, a mi hermano Luis y a su novia Laura (Sonia Torres tuvo tres hijos: Luis, Silvina y Giselle), a mi padre y a unos amigos que nos estaban acompañando a comer unas pizzas. Hicieron destrozos. Uno de ellos me llevó a una pieza que no estaba terminada en el piso de arriba. Yo era chica y lo único que pensaba era que mi mamá estaría loca creyendo que este tipo me estaría haciendo algo. Ellos esperaron que mi hermana Silvina volviera de la facultad. Cuando ella llegó nos cargaron en varios autos y nos llevaron a todos a la D2. Allí nos golpearon a todos. A Luis y a Silvina los separaron de nosotros. Les pegaron y los torturaron en una pieza al lado de donde pusieron a mis padres.”
En este punto, Giselle, una morocha de pelo larguísimo y oscuro, se detuvo por unos momentos. Se cubrió el rostro y volvió a ser la adolescente frágil de aquellos días y noches en las celdas de la D2. Siguió: “Una noche mi madre escuchó cómo apaleaban hasta matar a un chico asmático. Oyó cómo sufría para respirar. Como mi hermano Luis era asmático, creyó que lo habían matado a él. Fue terrible para ella”. A partir de la liberación de toda la familia los siguieron vigilando siempre y donde quiera que fueran.

El secuestro

Silvina y Daniel Orozco se casaron el 31 de diciembre de 1975. Fueron de luna de miel en carpa a Tanti, en el Valle de Punilla. Estaban felices con el embarazo de ella, “que era brillante y siempre se había destacado en todo. Si hasta había sido campeona olímpica de natación”, recordó la hermana. Pero llegó el golpe del 24 de marzo. Ese día fue la última vez que Sonia vio a su hija. Alcanzó a decirle que por favor se fueran del país, que tenía mucho miedo por ella. Silvina y Daniel militaban en el ERP-PRT. Pero la joven tranquilizó a la madre diciéndole que ella no había hecho nada malo. Que sólo quería un país mejor. “Y si todos nos vamos, mami, ¿quién se quedará con el país?”, le preguntó. Ese fue el último beso y la última mirada con sus ojos de cervatillo: esos chispeantes, redondos y vivaces con los que todavía mira desde la pancarta en blanco y negro que Sonia lleva a todas las marchas desde que se convirtió en la primera abuela de Plaza de Mayo de Córdoba.
El secuestro de la pareja ocurrió el 26 de marzo. Los vecinos pudieron escuchar los gritos de Silvina y Daniel. A ella la sacaron envuelta en una frazada para ocultar su panza de casi seis meses y medio de embarazo. La imagen de Silvina así, cubierta, fue descripta en el juicio por la testigo Cecilia Suzzara. En la casa encontrarían luego un certificado médico, en el que un doctor de apellido Ruli que atendió a la joven esa misma mañana, daba la posible fecha de nacimiento del bebé “a fines de junio o principios de julio de 1976”.
–¿Y cómo supieron que el bebé de Silvina había nacido? –preguntó la querellante Marité Sánchez.
–En aquellos años yo era voluntaria en la Casa Cuna –respondió Giselle Parodi–. Ocupaba el cargo de instructora de voluntarios. Siempre llevaba bebés o nenes huérfanos a mi casa para cuidarlos. De pronto empecé a notar que me los retaceaban. Cuando pregunté por qué, una monja, la madre Asunción Medrano, me dijo: “Porque vos y tu mamá ya deben tener suficiente trabajo con el bebé de Silvina”. Ahí yo me enteré de que el bebé había nacido. Ella me contó que había sido invitada a la inauguración de la sala de partos del Buen Pastor (la cárcel de mujeres) y supo que Silvina había tenido un hijo varón. Así que le pedí a la monja que me llevara al Buen Pastor para ver a mi hermana y buscar a mi sobrino. Me acuerdo que fue un día feriado o domingo cuando fuimos por la mañana. No había casi nadie en la calle. Un guardia llamó a una monja jovencita con delantal de cocina que nos atendió y le avisó a la madre superiora que estaba a cargo. Me acuerdo de que entramos al hall y que las monjas se apartaron un poco de mí. Pero pude escuchar cada palabra. La madre revisó un cuaderno de tapas oscuras y dijo: “Sí, Silvina estuvo acá con su bebé, pero hace algunos días la trasladaron al sur. Y el bebé ya no está acá”. Eso fue a fines de junio de 1976 o en los primeros días de julio. Cuando salimos, la monja Asunción Medrano me contó el diálogo y confirmó todo lo que yo había escuchado.

Mazmorras subterráneas

La familia de Silvina Parodi comenzó a buscarla desde la misma tarde en que se la llevaron. Sonia Torres y su ex esposo Enrique Parodi recorrieron comisarías, hospitales, cárceles y hasta morgues en busca de Silvina y Daniel. En esas recorridas, y como Parodi había sido aviador, supo por sus contactos militares que habían sido llevados a La Perla. De hecho, Silvina fue vista en las duchas de ese campo de concentración, donde alcanzó a decirle a una sobreviviente que “la llevarían al Buen Pastor a tener al bebé”. Los padres le siguieron el rastro en su paso por la cárcel de San Martín, la UP1, donde “mi mamá pudo dejarle ropa a Silvina, ya que la nueva pareja de mi padre, Marta, consiguió por un contacto saber que la tenían ahí”. A Sonia Torres le recibieron ropa y elementos de higiene por un tiempo, hasta que dejaron de hacerlo. Esa negativa significaba dos cosas: o que la habían trasladado, o asesinado.
En una de las últimas audiencias del año pasado, el sobreviviente y ex secretario de Derechos Humanos de la Municipalidad de Córdoba, Luis “Vittín” Baronetto, denunció que “en una recorrida que hice durante mi gestión los presos me contaron que en unas celdas subterráneas habían mantenido ocultos a ‘guerrilleros’ durante la dictadura”. Baronetto recorrió entonces un túnel en el que vio calabozos y decenas de grilletes empotrados en las paredes “a unos cuarenta centímetros del piso”.
En su declaración del año pasado, Sonia Torres detalló: “El entonces director de la prisión, el comisario Montamat, nos había dicho que Silvina estaba allí. Un día Enrique Parodi recibe un llamado del mismísimo Sasiaíñ: ‘Che, Parodi, acá lo traigo preso a Montamat. El les dice a todas las familias que los hijos están bien. Y mi ex esposo –explicó Sonia– por miedo a que le pase algo a Montamat, le dijo ‘habrá algún error, tal vez’”.
El 11 de febrero de este año, los jueces Jaime Díaz Gavier, Julián Falcucci, Camilo Quiroga Uriburu y Carlos, Ochoa junto a los periodistas que cubren este juicio recorrieron, por pedido de las querellantes Marité Sánchez y Mariana Paramio, el túnel –hasta ahora desconocido que le mencionaron los presos a Baronetto. La visita dejó constancia de que “en la cárcel legal coexistieron celdas clandestinas bajo el nivel del suelo”. Coligieron entonces que “es posible” que allí hubieran ocultado a Silvina y a otros secuestrados que no figuraron nunca en los libros.

Cunas con bebés “NN”

Giselle Parodi y su madre Sonia Torres no se dieron por vencidas. Supieron por aquel tiempo que en una sala de la Casa Cuna mantenían ocultos a bebés “que eran hijos de los desaparecidos o de detenidos, porque no sé si entonces ya se usaba esa palabra –aclaró la testigo–. Las cunitas eran de hierro blanco y ahí yo buscaba al hijo de Silvina. En la parte de arriba de las cunas decía ‘NN’. Siempre se ponía el nombre del niño, pero en esas cunitas decía ‘NN’. De esa imagen no me olvido nunca. Yo intentaba desesperadamente encontrar los rasgos de mi hermana, los de su esposo, en las caritas. Esos bebés estaban custodiados por militares armados. Yo entraba sin que me vieran cuando se iban al baño o hacían cambios de guardia. Conocía bien el movimiento”.
–¿Y qué pasó con el cuerpo de voluntarios que integraba? –preguntó Marité Sánchez.
–Un día llegamos y había un candado. Nosotros funcionábamos en el altillo de la Casa Cuna y no nos permitieron trabajar más. En esa época teníamos una compañera, Marta Córdoba, que tenía un tío militar. El le aconsejó que no fuera más porque todas las voluntarias estábamos en la lista negra.
Giselle también recordó ante los jueces que “el doctor (Fernando) Agrelo vio a Silvina y al bebé en el Buen Pastor. El se lo dijo a mi mamá. Agrelo era amigo de una amiga de mi madre, Susana Ghitta. El dio fe de que los vio”. En su testimonio, Fernando Agrelo también nombró a “la monja Monserrat”, por lo que el fiscal Facundo Trotta pidió que se la citara a declarar. El pediatra dijo además que, si bien el bebé “estaba en perfectas condiciones de salud”, la mamá “estaba muy estresada. Yo fui a verla a la cárcel del Buen Pastor por pedido de Sonia Torres. Le habían dicho que, además de pediatra, yo tenía buenas relaciones con las monjas”.
Antes de Agrelo, otro médico que acudió a atender a Silvina, terminó perdiendo su vida. “Era un doctor de apellido Elías”, recordó Sonia Torres. “Le pedimos que la revisara para ver cómo seguía su embarazo. Supimos que fue a la UP1. Al otro día, mientras el doctor Elías estaba operando en Urgencias, entraron los soldados, lo esposaron y se lo llevaron. Su cadáver apareció en una zanja camino a Chacras de la Merced.”
Antes de terminar su declaración, Giselle Parodi giró su cuerpo y miró a los represores que aún continuaban en la sala. Fue entonces cuando les pidió, luchando contra su propio llanto, “un gesto de humanidad. Desde que se llevaron a mis hermanos Silvina y Daniel y a su hijito que los estamos buscando. Nuestra vida ha girado permanentemente en esa búsqueda. En un acto de humanidad, ¡por favor dígannos dónde están los restos de mis hermanos y a quiénes entregaron a mi sobrino! Mi mamá lo merece. Los ha buscado por más de 37 años y nosotros vamos a seguir hasta encontrarlos”.
El nieto de Sonia Torres debe tener ahora casi 38 años. Según le dijo su abuela a Página/12 a la salida de Tribunales, “mientras él no recupere su verdadera identidad seguirá siendo un esclavo de la dictadura. A mí también me robaron la identidad. Yo dejé de ser la que era para ser esta abuela que busca. Y ahora le pido a mi nieto que me busque, que se acerque. Ya tengo 84 años y mi tiempo se termina. Quiero que sepa que cada día, a cada hora, siempre lo estoy esperando”. (Página 12)


Sonia no entiende de silencios
de oscuridades
de ausencias definitivas

Sonia no entiende de egoísmos
de crueldades
ni de ocultamientos 

Sonia mira y envuelve a todos
con una caricia que no se guarda
un beso que abriga de las tempestades

Sonia sabe de amores 
Sonia tiene palabra
Sonia es la templanza misma
y la lágrima nuestra


Si naciste en 1976, puede que seas el nieto que Sonia está buscando, estos son tus padres y están desaparecidos.