14/3/14

Liria Evangelista

En mi infancia íbamos a un club raro. Se llamaba Ausonia y quedaba en las barrancas de San Isidro, entre el río y una vía muerta donde crecían campanillas violetas. Ausonia no era como otros clubes que yo conocía. Ni como Comunicaciones, ni como el Centro Lucense. Nosotros no teníamos ni pileta de natación, ni bailes de carnaval, ni fútbol ni patín. Había una cancha de básquet tan rota que en las grietas del piso crecían la maleza  y unas plantas de flores amarillas. No nos importaba. En esos arcos altísimos tirábamos jugando al 21, un juego cuyas reglas, por supuesto, he olvidado. Había un alero que daba sombra y donde a veces los socios colgaban banderines y organizaban bailes. Recuerdo la música, pero no recuerdo de donde salía. Supongo que de un winco conectado a dos parlantes enormes y con estática, porque la voz de Palito Ortega parecía venir desde muy lejos. Había sombrillas verdes que tenían escrito “Canada Dry” en un color que había sido amarillo pero que el sol había desvaído. Había sillas y mesas de lata, también verdes,  con la pintura descascarada y las patas  oxidadas. Había un metegol enorme manchado de óxido, y aunque las camisetas de los jugadores estaban un poco despintadas, todavía se distinguían gallinas de bosteros. Ahí aprendí que no vale molinete pero que gol de arco vale doble. Había una escalera de material que subía a los vestuarios. Ninguna Comisión Directiva había considerado necesario pintar las paredes. Los bancos eran largos y de madera, el olor a humedad y a meo, eternos. Había una cancha de bochas. Había el sonido leve que hacían al deslizarse, buscándose. Y el estallido seco del golpe al bochín. Una canción muda: fssss. Toc. Fssss, Toc. Hubo la huella de la zapatilla de mi viejo sobre la arena aplanada.  La fugacidad de su brazo levantado, arrojando la bocha oscura. Yo podía imaginar su sonrisa aunque él estuviera de espaldas, concentrado en la delicada tarea de medir las distancias entre las bochas. Ffsss. Toc. El desliz, la explosión.
Había en Ausonia un murallón de piedra gastada que daba al río. Los días de crecida nos sentábamos  con los chicos a remojar las patas cansadas de jugar y a escuchar el ruido de las olas golpeando en la pared. Nos entreteníamos contando historias de miedo y de ahogados.
Si el calor apretaba, nos tirábamos al agua marrón. Con un poco de asco nos tirábamos, porque estaba tibia como un caldo oscuro. Buscábamos hacer pie en la frescura consoladora del fondo barroso. Jugábamos a salpicarnos. Supongo que gritábamos, riendo, pero en mi recuerdo el agua iridiscente ahoga todo ruido. Me veo, nos veo, con el lomo oscuro y reluciente, como si fuéramos lagartos.
Cuando el río bajaba la playa se abría como una pampa.  El agua, en su retirada, descubría botellas, monedas, fragmentos de objetos que brillaban al sol. Íbamos despacito, cegados por la luz, buscando tesoros (todavía guardo en una caja un anillo herrumbrado que encontré debajo de una botella de cerveza. Las iniciales, casi ilegibles, son ES. ¿Elvira? ¿Eduardo? Cada vez que lo miro, me pregunto qué historia lo separó de su dedo, qué dolor lo arrojó al río). En la arena marrón dormían como animales los camalotes que antes la corriente había arrastrado.
Como en un dibujo chino, los juncos le pintaban un contorno al aire. Se erguían, casi negros, en la quietud del barro. A veces --dos, tres veces en tantos años de Ausonia-- adivinamos entre las ramas la delicada forma de un ahogado. Un pie, una cabellera, un vientre alzado como una barcaza. Algunos se atrevían a acercarse. Yo no. Nunca pude. Los ahogados me parecían hermosos, y eso me daba miedo. Sin embargo,  me gustaba escuchar lo que contaban quienes los habían visto: hablaban de un resplandor azul de la piel, de la nariz comida por los peces.
En invierno el club no era el mismo. A nadie le parecía necesario invertir en su cuidado, y los pastos andaban crecidos, igual que el río, que golpeaba con fuerza el murallón. No íbamos muy seguido, tampoco las otras familias que eran el elenco estable del verano. Mi papá jugaba un poco a las bochas, el asado no tenía el mismo gusto, y la tarde se arrastraba con sordina. Yo me encerraba en el auto a leer, y a mirar un sauce que parecía estar acariciando la tierra.
Ausonia ya no existe, por aquí pasa el Tren de la Costa. Nunca quise volver para ver qué hay. No quiero saber con qué reemplazaron ese mundo que empezaba cuando Libertador baja hacia el río y terminaba más allá del murallón, en los juncos donde aparecían los ahogados. Me gusta cerrar los ojos para recordar lo que aún permanece en mi memoria, que no es mucho: lo que acabo de contar, una hamaca que sube al cielo y en el envión hace volar mi pollerita roja, la luz de las luciérnagas cuando cae la noche. Y una lista de nombres que ya no tienen rostro: Irma, Palmira, Nelly, Federico, Mari, Andrea, Mingo mi padrino y Miguel, mi viejo.  A veces nos sentamos a evocarlos con mi madre.
Estamos seguras de los que murieron. A otros los suponemos muertos; pasó tanto tiempo que no creemos que puedan seguir viviendo. Decimos los nombres y tratamos de armarlos como si fueran un rompecabezas roto. Siempre nos falta una pieza, un dato, un color, una palabra. Por algún lugar, parece, no cesa de filtrarse el olvido. Como dos lagartijas aún jóvenes, mi vieja y yo nos sentamos en un murallón que ya no existe para nombrar a los muertos. Hablamos de mi cuando era chiquita, de ella cuando era joven. Hablamos y hablamos de nosotras como si ya hubiéramos muerto. Yo cierro los ojos y en mi memoria veo el cartel que alguien había pintado, a la entrada del club. Ausonia, dice. La U está un poco torcida, como si fuera una bahía, como si la hubiera alcanzado el oleaje empujándola hacia adentro, como si en su hondonada estuvieran pudriéndose al sol los cuerpos de todos nosotros, los ahogados. 


Liria Evangelista













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