18/12/18

Maximiliano Spreaf

no soy poeta pero
algunas mujeres sostienen
aún mis manos
se resume mi amor
como algo babélico

después de un tiempo
incomprensible
algunas mujeres dejaron
de sostener mis manos
astutas ellas
cuando huyo de tanto
tanto amor
no se calla el grillo
ni vienen las tempestades
ni el dealer deja el negocio
ni tus padres saldrán a cazarme
no soy poeta pero
el amor
es el bajón de cocaína
sólo se desvanece
con sueño

SIMPLES TEXTOS
les poetes muertes
son aquelles que han decidide
escribir sobre el dolor
y el doler
y les coses lindes
de le vide



simples textos
corazón de arroz
ni el panfleto
ni el martirio
ni el manual

un paseo por el lenguaje
la frase mística
me duele
sos feo cuando poetás
machito
hembrita
simples textos
bites
bytes
y hasta la mano que escribe
en le papel
vale como poesía
de la mala
de la buena
de la más o menos
simples textos
como caca de perro
en una plaza
o florcitas en tu pelo
un show para vender vino
abrazarse y hablar mal
del que faltó
a la cita
simples textos
árboles muertos
muertes simples
textos como árboles
etcétere
No soy poeta pero de Maximiliano Spreaf, (Caleta Olivia 2018) es un libro que se nos presenta desde la tapa con espinas, florecidas, pero espinas al fin. Como puesto en manos del azar, su nombre se anuncia desde una peonza o trompo que ha mostrado sus caras hasta donde ha podido.
Tal vez por eso Maximiliano escribe poemas: para poder mostrar hasta donde no se puede, para romper el cerco de lo posible, de lo formalmente correcto.
Si la poesía crea realidad, su la poesía nos pone ante lo descarnado de la existencia y uno podría tropezar con la mano de aquel personaje sartreano clavada a la mesa o dar de lleno con la cabeza contra un muro tanguero en el que se adivina un nombre perdido para siempre.
En verdad el libro de Maximiliano se siente, se ve. Su modo de interpelar se vale no de recursos (solamente) sino de un codazo a la boca del estómago o mejor, como diría Arlt, de un cross a la mandíbula.
La conjunción pero, más que ampliar es un límite. Marca un antes y un después. El desafío está instalado. En la negación se conjuga el poeta.
El libro está estructurado dentro de un recorrido siempre íntimo pero en cuya intimidad el yo del poeta ensaya otros. Su espejo nos refleja porque como toda poesía, la poesía de Spreaf no es meramente confesional.
El juego del tiempo también es un caleidoscopio por el que el poeta nos muestra las transformaciones que lo atraviesan: 

mi hermana me subió a un taxi
fuimos al psiquiátrico
pasé tres días sentado en una silla
frente a un televisor apagado
dos horas antes de esto
intenté inyectarme kerosene
dos meses antes de esto
Leah moría en brazos
de una enfermera irlandesa
salí del psiquiátrico
vendí mi casa
mis amigos me abrieron los ojos
con bisturíes

Los límites se corren y caen por fuera del horizonte del dolor: no soy poeta pero/ cómo sufro!

En clara línea de coherencia con la posición que se adopta desde el nombre mismo, Spreaf cada vez que se vale de una cita lo hace apelando a letras de canciones y sus referencias son también, sobre músicos de rock que significan en relación al todo que plantea No soy poeta…
Así aparecen a modo de epígrafes versos de una letra de El mató a un policía motorizado, del Indio Solari o referencias a canciones: The Drugs Don't Work de la banda británica The Verve o el ruido de los autos fue mutando/a una canción de My bloody Valentine.
Si nos tomamos el trabajo de ir siguiendo estos datos se amplía sentido. Tanto la música, como el introducir palabras en otro idioma lo que hace es subrayar algo que le es propio a No soy poeta: su matriz urbana, su acontecer en la ciudad que es ese estoy solo en una multitud de amores de Dylan Thomas.
En una lectura parcial podría aparecer el fantasma de cierto poeta como el enorme Charles Bukowski. Lo que yo veo es una tremenda energía puesta en la palabra que es casi un modo de esculpir la experiencia. El decir de MS es genuino, único y da por resultado una poesía estremecedora que nos interpela.
Maximiliano Spreaf nació en 1975, vive y escribe en La Granja, en las Sierras Chicas de Córdoba, Argentina.


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